sábado, noviembre 21, 2009

Del pobrediablismo ingénito




Se ha dicho (y tal artificio me parece de una diabólica sutileza e ingenio) que la argucia más grande urdida por el demonio, ha sido la de convencer al mundo de que no existe. Sin embargo, si uno empieza a atar cabos, a correlacionar lecturas, a revisar la historia y a proseguir una concatenación detectivesca de pesquisas, empezará a columbrar que sí, que el demonio sí que existe y goza de muy buena salud. Pero lo curioso no es solo el hecho de postular su existencia, que la mayoría imaginamos como una entidad independiente, con cornamenta y con muy mal humor; sino que de existir el demonio, existe dentro de cada uno de nosotros. En diversos momentos y textos medievales se le refiere a Satanás como legión. Claro, el demonio es legión porque es cada individuo. Y entre más se va ahondando en la cuestión más se va comprendiendo el complejísimo entramado psicológico, antropológico y teológico de las nociones de cielo e infierno, cuando la encilla realidad, es que son potencias inherentes a cada buen ciudadano que sale por la mañana a comprarse unos bizcochitos para el desayuno. El Yo, el Alma, el Cuerpo, esos tenebrosos luciferes de los que tanto cuesta desprenderse. Porque para muchos teólogos es ese yo, egoísta, voraz, insaciable, veleidoso, el genuino y único demonio. Por eso es al que hay que eliminar, es contra ese yo contra el que se libra la batalla espiritual, es esa la inveterada lucha entre el bien y el mal que en realidad se trenza desde el interior de cada persona. Jung decía que el verdadero causante de la segunda guerra mundial no había sido otro que "yo", tu "yo" y mi "yo"; y La Theologia Germanica dice: "Sé simple y totalmente desposeído de ti mismo"; y el Dhammapada: "quien ha vencido al sí es el más grande de todos los héroes"; y Rumi: "¿Qué es el Amor? El mar de la no-existencia"... "A cualquiera que entre allí diciendo esto soy yo, yo (Dios) le golpearé en el rostro. ¿Qué es el Amor? Lo sabrás cuando tú te conviertas en Mí". Ya se podrá ir notando la clase de domingo que estoy teniendo. De no haber estado leyendo a Ananda Coomaraswamy (que tan fecundo en ideas es) mi domingo estaría siendo lo que todo tradicional domingo debiera ser: ocio, haraganería, fútbol, cerveza; el yo en su más indolente versión (la pereza es pecado capital y va muy bien con el diablo). Ahora que gracias a Coomaraswamy voy a ver a toda la gente que me rodea como unos pobres diablos, me puse a pensar en la carta de la lotería llamada "el diablito" y en su versito que la acompañaba en otros tiempos en que no existían computadoras ni videojuegos y la gente jugaba estos maravillosos juego de mesa:

Soy el diablo y he llegado
Aunque no me pueden ver
No vengo pidiendo fiado
Ni tampoco de comer.

Y si algún día lográramos eliminar el yo, como anhelan los teólogos, ¿no se tornaría un tanto aburrido todo? Todos excelsos, todos eximios (y ex simios), todos preclaros, todos probos, impolutos, angélicos... Pero todos soporíferos.